Omar Artan, el mejor árbitro de África en 2025, fue deportado desde Miami antes de dirigir en la Copa del Mundo. La FIFA se deslindó. Somalia lo recibió como héroe.

El Mundial que no fue para todos
La Copa del Mundo 2026 prometía ser la más grande de la historia. 48 selecciones, tres países anfitriones, millones de aficionados. La mayor fiesta del fútbol global.
Pero antes de que sonara el pitazo inicial, la política migratoria de Estados Unidos ya había puesto en evidencia una contradicción difícil de ignorar.
El caso más extremo fue el del árbitro somalí Omar Artan, deportado desde Miami a pesar de viajar con pasaporte diplomático y designación oficial de la FIFA. Pero no fue el único.
La Selección de Irán tuvo que instalarse en Tijuana, México, como campamento base. Las autoridades estadounidenses denegaron el visado a entre 13 y 15 miembros de su delegación administrativa. Para cada partido, el equipo cruzaba la frontera en autobús y debía abandonar territorio estadounidense dentro de las 24 horas siguientes al pitazo final.
En Chicago, el delantero iraquí Aymen Hussein fue retenido e interrogado durante casi siete horas antes de recibir autorización para ingresar. El fotógrafo oficial de la misma delegación, Talal Salah, no tuvo la misma suerte: fue deportado tras una prolongada revisión documental.
Senegal y Uzbekistán protagonizaron escenas que se viralizaron en redes sociales: inspecciones en pista, perros rastreadores, detectores de metales. Ambas federaciones salieron a aclarar que se trató de protocolos habituales. Pero las imágenes ya habían dado la vuelta al mundo.
La FIFA observó. Y habló lo justo.Gianni Infantino recordó que el organismo no tiene facultades para interferir en las políticas migratorias de los países anfitriones. El reajuste de entradas para aficionados iraníos fue la medida más concreta que tomó la entidad.
El Mundial siguió adelante. Los partidos se jugaron. Los goles entraron.
Pero para algunos, la fiesta había terminado antes de empezar.

